Los muertos que no se cuentan

Lo ha advertido este diario, las cifras de fallecidos en Pucallpa en tiempos de pandemia no cuadran entre las que oficializa a diario la Dirección Regional de Salud y las que entierra con la misma frecuencia el Grupo Humanitario de Recojo de Cadáveres y las funerarias contratadas, hay una abismal diferencia.

Esta situación está despertando el total rechazo de la población, especialmente porque esta ciudad a pesar de su explosión demográfica, prácticamente, entre sus habitantes de 50 años a más, diríamos que casi todos nos conocemos o en algún momento nos hemos relacionado.

Precisamente esta relación conciudadana casi nos hermana y en estas últimas semanas nos causa dolor y despierta la duda cuando se conoce del fallecimiento repentino de cientos de personas cuyos decesos han estado relacionados con la pandemia que ha desnudado de cuerpo entero al sistema de salud, fragmentado, incapaz de atender la demanda porque falta todo, desde personal y hasta las llaves para desenroscar manómetros de los tanques de oxígeno.

Cuando a los pocos días de asumir el despacho de Salud, el ministro Víctor Zamora predijo que nos esperan duros días, y que se alistan grupos para levantar a los que van a morir en el hospital, en la calle, en albergues o en sus casas, parecía una exageración o la estrategia para meternos a casa por miedo. Desdichadamente, se cumple la advertencia y ubicándonos entre las ocho regiones con más casos de contagios de la COVID-19, desde que se dio la primera muerte presunta por el nuevo coronavirus, las cifras se han disparado, llegando a ser parte del paisaje cotidiano la preparación de cuerpos, desinfección y colocación en el ataúd, un procedimiento hecho en plena calle.

Las municipalidades de los tres distritos donde se concentra el mal, Pucallpa, Manantay y Yarinacocha, comprometieron al gobierno regional para adecuar el “cementerio COVID” y emprendieron la confección de ataúdes; semanas después la propia Dirección Forestal improvisa las cajas para los cuerpos, mientras las funerarias nunca antes tuvieron tanta demanda hasta agotar stock. Pero las cifras que publican sobre los fallecidos no refleja lo que se advierte a diario, porque aumentan de uno en uno y hay días en los que no se mueve el marcador, pero el sufrimiento de familiares no ha cesado ni un solo día.

El incremento que coincide con el impacto letal de la COVID-19 definitivamente puede presumirse que un alto porcentaje, mejor dicho, la mayoría de este gran grupo de fallecidos son las víctimas mortales de esta pandemia. Si en algo se puede coincidir con el jefe regional del comando COVID, Ángel Gutiérrez, es cuando advierte que, a las cifras publicadas, se las debe multiplicar por tres. Ya lo anota además el director de Salud, Willy Lora en un diario nacional, diariamente recogen alrededor de 20 a 30 fallecidos en toda la región. Entonces la verdad es otra.

Precisamente, en el Concejo Provincial de Coronel Portillo, sus integrantes han solicitado se difundan las cifras reales, tal como registran los certificados de defunción. El sinceramiento lo puso de manifiesto el gerente municipal ante el Comando COVID; sólo en la provincia de Coronel Portillo, entre el 9 de abril al 11 de mayo, se han enterrado 521 cuerpos, una cifra insospechada sólo para muertes naturales. De estos, 396 defunciones tienen como motivo sospecha o confirmación de COVID-19. El cementerio general ya agota su capacidad, allí han ido a parar 229 cuerpos, en ese nuevo pabellón de nichos solo están disponibles 9. En el cementerio COVID, se han depositado hasta hace dos días, 167 fallecidos; sus deudos podrán más adelante identificar la fosa donde descansan.

Con estas cifras que estremecen, quedan en duda las 66 muertes informadas por Salud hasta la misma fecha, con “examen confirmatorio”, lo que nos precisa una letalidad de poco más del 4 %, ante casi 1500 contagiados. El sinceramiento debe servir para mostrar la letalidad real que sextuplica la cifra oficial, ya que solo en Coronel Portillo, las muertes por COVID-19 pasa hoy la valla de los 400, sin contar con los fallecidos en las otras provincias ucayalinas.

Se podrá decir para qué hablar de muertes, simple, porque los indicadores reales nos darán mejores opciones de atención en este país en el que se tiene que rogar, reclamar ante las pantallas para que prioricen las exigencias, como la necesidad de oxígeno para dejar de contarlos y nos reconfortemos con los pacientes recuperados que no llegan ni a cuarenta.

Yris Elena Silva Orbegoso