Comercio ambulante: la difícil tarea municipal

Con el transcurrir de ciento tres días de decretado el Estado de Emergencia Sanitaria para frenar la letalidad del coronavirus en el Perú, bastó abrir una rendija para que la población desborde en calles y comercios, haciendo lo que siempre le ha gustado, vivir en plena autonomía y en desobediencia.

Es común ver personas con mascarilla en el cuello engullendo los antojos de siempre, miles ofertando de todo en las pistas, en calles polvorientas, en las parrillas de mototaxis, triciclos, gigantes bolsas, etc. Como a todo le ponemos reglas, existen las que en plena emergencia restringe el comercio ambulatorio y el gobierno nacional pasa la tarea a los gobiernos locales a quienes compete en su jurisdicción velar por el ornato.

Sucede que, en las últimas semanas, la situación ha desbordado y es común ver a reporteros inquiriendo y hasta corrigiendo a la gente que vende lo que sea a salto de mata. De pronto, todos los alcaldes y funcionarios se volvieron malos, abusivos, cobardes, aunque concordante con el Artículo II de la Ley Orgánica de Municipalidades –  27972, los gobiernos locales gozan de autonomía política, económica y administrativa en los asuntos de su competencia. Asimismo, señala que regula sus actividades y/o servicios en materia de salud.

En estas últimas semanas, los malos de la película han estado viendo dónde hacer los mercados itinerantes que no moleste a nadie y no quite espacios a otros. Pero la verdad es que no hay mucho donde escoger. En Lima vemos con pena que lotizan los parques zonales y en Pucallpa observamos que igual suerte corren las losas deportivas. Pero algo más sucede, los comerciantes ambulantes no quieren pues esos lugares, ellos insisten con la quimera de mantenerse en las calles ya elegidas, esas al pie de las tiendas y alrededores de mercados.

¿Por qué tanta insistencia en vender donde quieran y lo que puedan si no hay tanta demanda, o sí la hay? Por supuesto que sí, hay la necesidad de comprar alimentos, vestimenta elemental, tomar un refresco ante tanto sol, en fin, muchas necesidades que surgen al paso. Mientras tanto, los que venden adentro se quejan de los que están afuera, muchos otros aprovechan la confusión y se entremezclan con los ambulantes y venden a doble cachete.

Ante tanta reyerta, nadie cede, los ediles siguen actuando como los malos y los comerciantes ambulantes se obstinan ante sus consabidas necesidades, pero… qué sucede con la demanda, con los clientes al paso, ellos serían los que decidieran en esta situación que enterca a unos contra otros. ¿Si no hubiese consumo, habría tanta oferta?

Debe ser posible tomar acuerdos y zonificar temporalmente las calles, para venta con horario, comestibles por un lado, vestimenta por otro y así por la tarde recobrar las calles dejándolas limpias y libres. Es decir, promovamos las ferias, actividad de duración limitada que se realiza en una fecha y lugar prefijados para promover contactos e intercambios comerciales, facilitar el acercamiento entre la oferta y la demanda y promover la producción.

Porque conocido es que las municipalidades de acuerdo a ley, generan sus propios ingresos y cada puesto ambulante no retribuye al mes para pagar el sueldo del personal de limpieza, para mantenimiento de los vehículos, para las escobas y carretillas, menos para resembrar en áreas verdes.

Entonces, cómo es que podremos encontrar el término medio de esta controversia, sin que se afecte el común del vecindario ni las arcas ediles. Cuando todos porfían es muy difícil encontrar los acuerdos, y en pocas semanas estaremos ya fijándonos en la baja calidad de los servicios, estaremos renegando porque nadie hace nada por la ciudad, pero no daremos tregua al facilismo de encontrar todo al paso, atropellando normas y derechos de los demás. Repensemos nuestras necesidades, sin hacer mella a nuestro derecho a la vida saludable.