¿Si el neoliberalismo nació en Chile, morirá en Chile?

Resulta llamativo que, tras la aplastante victoria contra el legado de Augusto Pinochet, los medios locales no hayan hecho un análisis a profundidad de lo ocurrido en Chile. Hay mucho por entender. No solo sobre la paliza electoral, sino sobre el proceso de protesta y presión ciudadana que obligó a Piñera y al Parlamento a convocar un plebiscito constituyente. Difícil encontrar una mejor lección para pensar la democracia como proceso constante y los beneficios de encauzar el conflicto institucionalmente.

Contrariamente a lo que afirma cierta opinología local adversa al cambio –que se ha mostrado muy inquieta en redes sociales, al punto de cuestionar la democracia como modelo cuando no les conviene–, la transformación por la que está pasando nuestro vecino del sur no surgió de quienes ya tenían poder para acumular más poder. Es todo lo contrario. Como dice el politólogo Juan Pablo Luna, se trató de un enfrentamiento entre todo el poder económico, político y técnico versus la amplia mayoría electoral.

Fue un voto destituyente, impulsado por los ciudadanos agotados de la distribución desigual y la disparidad de oportunidades. No fue la victoria de un partido o una pequeña facción, sino de la gente común y corriente que se manifestó a través de las urnas, justa y limpiamente, decidida a romper con una normalidad que funciona solo para unos pocos. ¿Qué viene después? Los miembros de la Constituyente serán elegidos mediante elección popular y ellos serán quienes diseñen la nueva Constitución, para lo que necesitarán consensuar 66% de los votos al aprobar cada artículo.

Con esa regla, el resultado final difícilmente significará un giro de 180 grados, como ciertas lecturas simplicistas anuncian, pero, sin duda, significará un quiebre histórico. La profundidad del cambio dependerá, como anota Juan Pablo Luna, de “transformar un movimiento destituyente en una Convención Constituyente”.

AUGUSTO REY