¿Es confiable la confianza?

¿Con la aprobación de la Cuestión de Confianza se resolvió la crisis política generada por los enfrentamientos recurrentes entre el Ejecutivo y el Legislativo? ¿Los 77 votos a favor de la confianza otorgada al gobierno significan que sus seis proyectos de Reforma Política serán aprobados tal cual fueron presentados?

Lo único que está garantizado es que de aquí al 28 de julio se presentarán un sinfín de preguntas más, así como más situaciones confrontacionales entre ambos poderes del Estado por interpretación que cada cual tenga de las medidas que se vayan dando paso a paso en la concreción de esta “confianza”.

Solo es cuestión de mirar qué pasó desde que Martín Vizcarra Cornejo y Salvador Del Solar Labarthe caminaron por las frías calles que separan Palacio de Gobierno del Palacio Legislativo para plantear la Cuestión de Confianza para sus propuestas de Reforma Política basadas en sugerencias de una comisión de alto nivel, que inicialmente fueron cinco y después subieron a seis, hasta el debate de dos días plasmado en el escenario parlamentario. Uno y otro buscó medir fueros acusándose mutuamente de sus fallas, de sus incompetencias, de las funciones no cumplidas, del peso constitucional, valedero o no, de sus planteamientos.

Mientras cada plano de estos poderes del Estado desprestigiaba al otro, a pocos metros, apenas detrás de sus puertas, estaba el país real, con la gente que busca trabajo, el país real en el que seguramente en esos mismos instantes alguien era asaltado en una calle de la vieja Lima y quizá asesinado allí en la capital, o aquí en Pucallpa o en cualquier rincón del país; el país real de existencia ignota, como Lagunas, que en pleno debate elevó un cuestionamiento al Ejecutivo por no atender las necesidades surgidas a raíz del último terremoto en la Amazonía que estremeció al mundo por su magnitud pese a su bajo efecto en fatalidades, salvo para los de Lagunas, Yurimaguas, Cajamarca y otros sitios pobres, donde la anemia es mucha más acentuada, los servicios educativos menos atendidos, la salud prácticamente soslayada y otros dolores del Perú real que, si bien se manifiesta porque se vayan todos a sus casas, es un manifiesto de sentimiento contra todo lo que es político, bien lo Ejerza el Ejecutivo o el Legislativo. Y si le preguntaran en dónde ponemos al otro poder del Estado, el Judicial, ipso facto la respuesta también sería que se vayan a su casa.

Eso muestra y demuestra, efectivamente, que el ciudadano de a pie está hastiado de la política, pero mortalmente contra los políticos. No los quiere ver. Lo que significa que, obviamente, es urgente una Reforma Política. Y el Congreso ha votado por asumirla.

¿Pero la asumirá como se la está exigiendo su rival, el Ejecutivo? Realmente no se sabe y lo más probable es que no sea así.

Del Solar, el propio Vizcarra y demás voceros del Gobierno sostienen que así tiene que ser o, de lo contrario, interpretarán que la confianza otorgada ayer, fue un ardid, pues los legisladores reformularán las propuestas y desvirtuarán la “esencia” de las mismas, obligándolos a tomar esa actitud política como una “desconfianza”, que exigiría al Jefe de Estado asumir su potestad de cerrar el Congreso. Los congresistas, en cambio, ya adelantaron que, como es constitucional, no están sujetos a mandato imperativo y lo que hagan en la formulación final de la Reforma Política no es revocable ni observable por el Ejecutivo, como bien dispone la Constitución.

¿Qué ha pasado entonces? ¿Se arriesgarán a que más adelante se cierre el Congreso, pudiendo haber enfrentado esa opción en este pedido de confianza? No, pero ganan un espacio para extender el debate y procurar ajustarlo a los modos que la Constitución permite, para que conserven el equilibrio de poderes.

Ese equilibrio que permitió que la mayoría congresal, en sus buenos días de mayoría absoluta, pechara y revolcara al Poder Ejecutivo hasta sacar del sillón de Pizarro a quien les ganó en las urnas, Pedro Pablo Kukzynski; ese equilibrio que después a los pepekausas, una vez reducido el número de representantes de esa mayoría, encontraron la opción de arrinconar a los fujimoristas pese a que el Gobierno de Vizcarra no tiene ni bancada, porque el PpK se dividió, y sin partido y con la estrategia de las encuestas, recuperó poder, que también le pende de un hilo, porque esos números le suben y bajan según la estación política, como que por estos días lo tiene de capa caída, pero seguramente recuperarán terreno con esta sensación de triunfo sobre el Legislativo.

Lo que han aprobado fue asumir la Reforma Política. ¿Cómo? Está por verse. Pero una Reforma Política no garantiza que las aspiraciones del pueblo sean atendidas. Menos que la corrupción se reduzca en el ámbito parlamentario que, sin embargo, en cifras, tiene menos responsabilidad en los escándalos Lava Jato, clubes de la construcción y otros en los que el propio Ejecutivo, desde el nivel central hasta las estructuras distritales, guardan la responsabilidad de casi todos los 10 mil millones de soles que anualmente se come la corrupción de nuestros bolsillos, un escenario en el que Vizcarra también tiene sus cuitas con más de cuarenta acusaciones, guardadas, por la inmunidad total que goza el Presidente de la República, una institución que protege la potestad fiscalizadora de quienes representan a la ciudadanía, como son los parlamentarios, pero que está alicaída por su propia conducta.

¿Esos comportamientos cambiarán porque se cambie un texto legal o constitucional? Dudoso. La gente, como todavía se puede llamar a los parlamentarios y gobernantes, irá cambiando en la medida que cambien estructuras humanas, moldeadas por valores, por la sensibilidad que provoca el arte, la educación, el deporte, el razonamiento que analice lo que nos corresponde como ser humano y se crea realmente que se puede llegar al poder para servir y no para servirse. ¿Será posible? Es cuestión de confiar.