«LA DESTRUCCIÓN DEL ESTADO Y SUS EFECTOS LETALES»

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El colapso de los sistemas de salud pública (Minsa y EsSalud) que se aprecia en el año de gestión de Pedro Castillo es el mejor ejemplo del grado de destrucción tecnocrática del Estado peruano que el régimen castillista está perpetrando con sistemático empeño.

l cabo de cinco años no va a funcionar nada. Ni las compras de úrea o de vacunas, ni la licitación para un puente, una carretera, un colegio, un hospital, ni las entregas de DNI, pasaportes o brevetes, ni las comisarías como trincheras antidelictivas, ni las oficinas que dan permisos operativos ni certificados de ninguna especie.

Ha tomado el poder un gobierno al que no le interesa mejorar la eficacia del Estado, solo cooptarlo con partidarios, familiares o allegados, sin importar sus calidades administrativas o profesionales. Que los ciudadanos que requieren del Estado para algún trámite paguen las consecuencias y ello desgaste más al gobierno, no interesa, no está en la hoja de cálculo político del presidente: solo le preocupa sobrevivir a como dé lugar.

El problema para el país es que ese colapso del Estado sí genera consecuencias políticas imprevisibles. El malestar ciudadano, la irritación popular (en cualquier momento, el fallecimiento de alguien por negligencia administrativa de un hospital público, va a generar una convulsión que puede escalar), va a ir in crescendo mientras más dure Castillo en el manejo de las riendas del poder.

El Estado es y debe ser el gran ecualizador de la ciudadanía, el garante eficaz de la libre competencia, la balanza psicosocial que impida que la ley de la jungla se enseñoree. Su devastación puede traer consecuencias políticas terribles para un país: desde la activación de vocaciones autoritarias extremas, hasta propuestas antisistemas disolventes.

El Perú puede llegar el 2026, en términos electorales, a tener que elegir entre opciones de ese tipo, si la disolución corrosiva del aparato estatal continúa a la velocidad en la que hoy se halla.

Por ello es que resulta imperativo ponerle coto al gobierno de Castillo. No porque sea comunista -que no lo es-, no porque sea estatista -que tampoco lo es-, sino porque nos va a conducir a una encrucijada política espantosa, polarizada, al borde de la convivencia democrática. Eso es lo que verdaderamente está en juego, más allá de las corruptelas indignas que se descubren a diario en el entorno palaciego.

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