HASTA SIEMPRE CARLOS KUKURELO

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Era tal vez, Junio y las tardes traigan la noche desde el bosque a través del río. Conocí a Carlos Kukurelo un viernes a la hora en que el crepúsculo teñía de oro las calles de Pucallpa y las luces del alumbrado público fijaban la noche en las puertas de las casas. Era a finales de la década de 1980 y acudí al estudio fotográfico de Enrique Pretel Cassana en el jirón Raimondi. En el primer piso había una tienda concurrida y por el costado derecho un pasillo entre los objetos y los bultos de productos. La vendedora sin dejar de hablar con la clientela me indicó con la mano izquierda que pasara a la trastienda. Ahí junto a un escritorio estaban Enrique y Carlos Kukurelo examinando cámaras fotográficas puestas sobre la cama del quirófano. Enrique me presentó a Carlos que entonces era un joven alto, delgado, insomne y con el pelo revuelto. Vi su aire andino y la inquietud en sus ojos.
Volví a verlo una decena de veces en el mismo lugar y también al final de una estrecha escalera en el segundo piso donde estaban los cuartos oscuros, las ampliadoras y el taller fotográfico de Pretel. Hablamos de cámaras fotográficas que conocía hasta el mínimo detalle y quizás podía armar con los ojos cerrados. Su precisión era asombrosa y la inquietud que tenía por conocer muchos temas parecía insaciable.

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La sed de entender y explicarse muchas cosas mediante el hecho práctico de la propia existencia fue su principal característica. Dejé de verlo varios años, quizá una década y lo encontré sumido en la observación y tratando de reconstruir una pieza de una máquina impresora en los talleres de diario Ahora. Su carácter de inamovibles pareceres y decisiones lo enfrentaba al temperamento también recio pero matizado de salidas alegres y altisonantes de José Arias Padilla.
Años después andando por una calle en Yarinacocha, lo encontré asomado por una ventana. Esta es mi casa, me dijo y por la puerta, salió a la calle con dos asientos de madera y volvimos hablar hasta que llegó la noche y la brisa del lago.
Por segunda vez dejé de verlo y volví a encontrarlo en las oficinas del diario Ímpetu. Hablamos y semanas más tarde, estuvimos en los talleres. En todos esos años no había descansado de su actitud de aprendiz perpetuo y aunque nunca hablamos de Pichanaqui, donde siempre creí que había nacido, menos de su infancia y su adolescencia, entre vi un dejo de reclamo y confirmación sobre una oportunidad para haber estudiado alguna clase de ingeniería.

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Integró el Consejo Editorial del Diario Ímpetu y mantuvo siempre una posición destacada por el análisis a ras de realidad sobre los temas para tratar en la agenda de la semana. Fue editor y promotor de los cambios tecnológicos, en la aplicación del Pagemaker al inDesign, de la sistematización en el proceso productivo del diario, en el ordenamiento de funciones y en el cumplimiento exigente de redactores, impresores y administrativos.
En la segunda fila, fue un pilar para la institucionalización de Ímpetu. Conocedor, empecinado, altivo en su esencia provinciana, inquieto, preguntón ante el conocimiento y la vida, se ganó a pulso el respeto, el reconocimiento y el afecto. Hoy, cuando ha partido es porque ha vuelto para quedarse por siempre entre nosotros, en cada quien, en el camino, en cada día y en cada acto de la jornada donde estará presente y siempre nos brindará una respuesta que era a la vez una inquietud en proceso de encontrar una respuesta.


HUMBERTO VILLA MACIAS

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